Yo no tendré
voz audible cuando vosotros, gente del día después de mí, sintáis estas palabras que os dirijo. Para ser oída entonces, os digo esto:
Ahora
que pertenezco ya a la diferente forma de vida que es la muerte, os
pido que seáis -repitiendo seis palabras líricas de mi poesía- "fieles a los
himnos de la vida". En este mensaje póstumo, pues, niego la muerte si
se le da el sentido de anulación absoluta. La niego por convicción
propia y por reafirmación del sentimiento de aquel grande poeta
citado, que fue, es y será la razón vital de mi ser, Agustí Bartra,
maestro, amigo, compañero, esposo y padre de mis hijos, el sacerdote
del "panvitalisme", el implacable negador del no-nada, que entre las
muchas metáforas que el rechazan tiene ésta: "la muerte es una boca
inmóvil llena de entonces". A la hora de dirigirme a vosotros, mi
deseo ferviente es poder infundiros esta fe suya y mía, la certeza que
la muerte es semilla, es parte de la vida en sus múltiples
transformaciones.
Las palabras que preceden os darán a entender que éste es el mensaje de una mujer que, en un mundo donde
es tan difícil la intimidad armoniosa de las relaciones humanas, ha
vivido de otro ser, en otro ser, por otro ser, estrechamente atada a
otro ser en el cual se concretan todos los motores de su vivir: culto
al Amor, culto hacia una Patria, culto al Espíritu, a la Libertad, a la
Paz, a la Humanidad, a la Vida misma. La existencia de la mujer que os
habla la ha tenido siempre por centro, él, siempre, también después de
su traspaso. Esta mujer, gente del futuro, os pide: cumplid los anhelos
del poeta que profesó la religión de la Vida y del Hombre, amad su
obra, seguid su lección, haced realidad su profecía del Hombre
Auroral.
El cariz estrictamente personal que podría dar a este
mensaje se encuentra en el contenido de los escritos que tengo
publicados, incluso todo el fervor que os acabo de comunicar, al cual
añado, resumida, la expresión de mi actitud conclusiva ante el mundo:
defensa de la duda que evita las injusticias contra la pretensión, a
menudo cruel, de poseer la verdad, y la convicción que nuestra
existencia es un perenne seguido de comienzos, incluso la muerte que ya,
cuando me escucharéis, habrá dispersado mi yo en mil comienzos.
Este texto fue leído en la ceremonia de entierro de Anna Murià el día 28 de septiembre de 2002